Entregando Sueños

Hoy se cumplen cuarenta años, cuarenta años llenos de tranquilidad.

Salgo de casa con el uniforme perfectamente planchado, llevando bajo el brazo el periódico de hoy y en la otra mano la bolsa de papel donde mi mujer me ha guardado el lunch. Como ya es costumbre me dirijo a comprar un café humeante antes de presentarme en la oficina, donde soy el primero en llegar, más bien debería de decir soy el único en llegar.

Hace cien años contábamos con cientos de empleados, los cuales cubrían a la perfección cada rincón de la ciudad, pero hoy en día ya no es necesario, nuestra oficina se convirtió en una reliquia de la ciudad, por no decir una antigüedad de la humanidad. Nadie se hubiera imaginado que desapareceríamos, pero un buen día la gente dejó de escribir, dejó de enviarse cartas y la oficina de correos se convirtió en historia. Ahora la mantenemos abierta por pura melancolía, como un recuerdo de lo que alguna vez fue. La paga es buena por pocas horas, no requiere grandes esfuerzos, de vez en cuando llega algún perdido a solicitar indicaciones para encontrar alguna calle y rara vez alguien llega por la visita guiada.

Cada mañana al llegar me instaló detrás del mostrador de mármol, enciendo el radio, desenvuelvo mi emparedado y comienzo a tener un maravilloso y predecible día. En el periódico encuentro lo mismo de siempre, que si la revueltas de los sindicatos de robots no dejan tranquilas a las empresas, la alza de las divisas, el constante riesgo del uso de las energías atómicas  y otras noticias que carecen de importancia. «Algunas cosas no han cambiado, reflexiono. Seguimos conservando esta vieja manera de informarnos y entretenernos» Pasó de largo hasta encontrar la sección de pasatiempos donde me dispongo a realizar el crucigrama cuando la puerta se abre de golpe.

«Seguramente esta buscando la estación del tren» me digo sin siquiera voltear a ver quién ha entrado. Los pasos continúan avanzando, por lo que me aventuro a decir: Las visitas guiadas comienzan a las 10 de la mañana. Aquella frase debería de parar en seco al visitante, hacerlo girar sobre sus pies y llevarlo de vuelta por donde ha venido.

Los pasos se detienen y sonrió triunfal sin aún levantar la mirada del periódico, los pasos se apresuran, escuchó algo deslizarse por el frío y silencioso mostrador, levantó los ojos llenos de curiosidad para descubrir frente a mi una pequeña sorpresa, la cual creía yo hace muchos años se había extinguido. La tomo con mis manos temblorosas sintiéndola liviana y llena de misterio, me levantó intempestivamente de mi asiento, tirando al suelo el café, para ver quien ha llevado ese tesoro, pero ya es muy tarde la puerta de la entrada se ha cerrado dejándome el corazón agitado y una sensación de emoción e incredulidad que hace mucho tiempo no sentía. La vuelvo a contemplar, aún dudoso, si no fuera por la sensación de calidez que provoca en mis manos me diría: Te has quedado dormido y estás teniendo un maravilloso sueño. Pero ella está ahí y me pide a gritos la entregue a su su dueño o dueña. No sé el nombre de la persona, en el frente del sobre solo viene caligrafiado dos iniciales y la dirección de una zona residencial de la ciudad.

Sin limpiar mi café regado, me dirijo al cuarto de los recovecos donde sacó la maleta para guardar la carta y del fondo traigo a la vida la última bicicleta que tenemos para las entregas. «No recuerdo cómo usar este cacharro, pero ella lo vale». Le doy una limpiadita, me cruzó el bolso sobre el pecho y salgo a la calle con la esperanza de lograr mi objetivo. Los primeros metros soy un peligro al manubrio, casi arrolló a un par de latas andantes y la gente se me queda viendo llena de curiosidad al observar que ando en un cacharro con ruedas, pero sé que es la manera correcta de llevarla a su destino, a la vieja usanza.

Al llegar al primer cruce me llevo una gran sorpresa: las calles son diferentes o tal vez tenía años sin mirarlas, siempre ando metido en mis pensamientos. La ciudad se ha convertido en un lugar nuevo, llena de letreros luminiscentes, autos de última tecnología y personas caminando por doquier sin mirarse la una a la otra, enfrascados en conversaciones electrónicas. ¿Qué ha sucedido con esta ciudad cálida donde me había criado? Al recorrer sus calles, sus cruces y sus nuevas construcciones voy conociéndola de nueva cuenta, se ha convertido en una mezcla de pantallas, acero y cristal. Aunque de vez en cuando me encuentro con lugares antiguos que se mantienen majestuosos haciéndole frente al paso del tiempo.

Mi avance es lento pero seguro, tengo que entregar esa pequeña sana y salva. Hago un par de paradas para pedir indicaciones y otras para recuperar el aliento. No recordaba lo agotador que era salir a la ruta de entrega, pero el cansancio siempre valía la pena para llevar el mensaje encomendado. Al sentirme atrapado en un sueño, me vuelvo a detener, sacó el sobre y lo vuelvo a sostener entre mis manos. Lo observó a conciencia, mientras recuerdo a mi abuelo sentado frente a su escritorio escribiéndole versos a mi abuela, solía decirme que era importante dejar plasmados nuestros sentimientos, dejar en tinta nuestros sueños y pensamientos, era la única manera de hacerle frente al paso del tiempo y quizá de esa manera seríamos inmortales. Esa había sido la razón por la que me enlisté al servicio postal, deseaba llevar las palabras a su destino, ayudar a los hombres en un mundo de tecnología  a ser inmortales.

Después de tantos años, de tantas entregas  me había convertido en un experto en definir a los autores de las misivas. Sabía a ciencia cierta que la carta había sido escrita por un caballero de buena posición, los trazos de la caligrafía lo delataban, un trazo firme y geométrico. El peso me revelaba que no se trataba de un documento oficial, ni un mensaje corto. Contenía en su interior un par cuartillas, las cuales guardaban un gran misterio. Trató de imaginar quién sería el destinatario de tan encantadora sorpresa, quién se había tomado la molestia de revivir tan olvidado arte.

Continúo avanzando metido en mis cavilaciones hasta llegar al vecindario indicado. Aquel lugar se encuentra atrapado en el tiempo. Sus calles no tienen construcciones de metal, las paredes de ladrillo rojo abrigaban a sus habitantes, mientras que los árboles color ocre suavizan los rayos del sol. Llegue a la casa indicada, recargue mi cacharro sobre la cerca y al observar el camino hacia la puerta me encontré un pequeño perro quién me observaba desde el otro extremo.

Al percatarse de mi presencia su cola se mueve de un lado a otro a una velocidad impresionante, gira un par de veces sobre su propio eje y se aventura a acercarse para saludarme. «Juguetes de ricos, cada vez se ven más reales» Me acercó con la carta entre las manos, el can se detiene a escasos centímetros de mi, se sienta y espera a que le acaricie las orejas. Para mi sorpresa no se trata de un robot, es un pequeño perro muy bien entrenado, su placa me revela su nombre y detrás encuentro las mismas iniciales del destinatario. Al observar en mi mano el sobre, sale disparado rumbo al portal, donde recoge otro y me lo entrega. Lo tomó de su hocico, me ladra un par de veces y le entregó la carta que he llevado conmigo y no tarda más que un par de segundos en salir corriendo para entrar por la puertecilla para perros y desaparecer de mi vista.

Miró el nuevo sobre, la letra en él es fluida y delicada, una dama la ha escrito de eso estoy seguro. Me sonrío, doy vuelta sobre mis pies y me encamino bajo el sol de la tarde. Las cartas están de vuelta, mi misión ha regresado, convertiré a sus autores en seres inmortales, en seres inolvidables.

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Un comentario sobre “Entregando Sueños

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  1. Sumamente interesante la lectura, sobre todo considerando que el tema de ciencia ficción es hoy por hoy casi una realidad. Aprecio una focalización a los que hoy llamamos “Godínez”, personas con un empleo del que dependen al 100%. Discrepo de esta situación, ya que considero que el ámbito del “Emprededurismo” tendrá resultados a mediano y largo plazo en la sociedad mundial, y esto no se está considerando. Veo su obra a la par de “Un Mundo Feliz” de Aldous Huxley, pero no veo el ingrediente de los que pensamos que todo puede ser diferente, si nos aplicamos.

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