No tiene sentido apresurarse hacia la muerte.

– No tiene sentido apresurarse hacía la muerte – pensé. Me había llamado un viejo amigo para decirme que su padre había muerto. Le di mis condolencias y le dije que iría enseguida.

Todo ha acabado: el suspiro por los amores que no fueron, la incesante melancolía de vivir, el desconsuelo de los asuntos sin remedio. ¡Al fin el silencio eterno! El no-ser. Sin embargo, siempre hay un extraño sentido de urgencia – de sorpresa- cuando alguien ha muerto, un sinsentido porque todos vamos a morir. Todos. Sin excepción. Encontré mis llaves en la cocina y le dije a mi mujer que regresaría al día siguiente. Aborde mi auto y en la estación de radio tocaban la sinfonía no. 40 en G menor de Mozart.

El final, -eterno hasta donde se sabe- es un momento trascendental para los que somos. Era importante llegar a abrazar a mi querido amigo y dejarlo desahogarse en mi hombro. Presentar mis condolencias a su esposa, familia y amigos. Pero también quería asegurarme que el señor se había ido. Tal vez podría palpar su cuerpo y sentir su frialdad mientras nadie me miraba cuando me acerqué al féretro. Observar de cerca su mirada cristalina y perdida como quien se encuentra absorto en sus pensamientos, mirando a la nada. Quizá podría pellizcarlo; un pequeño pellizco para ver si se incomodaba o si retiraba su brazo al sentir dolor.  Acercar mi oído a su expresión de horror y escuchar atentamente buscando un suspiro, un estertor. Intentaría después cerrarle los párpados, picándole un poco el ojo esperanzado en él una última reacción. Ahora que comprobé personalmente que no había reacción alguna, me alejé y me serví un café. Volteaba a ver el cuerpo constantemente mientras conversaba con personas que nunca había visto en mi vida, no vaya a ser una catalepsia aguda.

– Ya hay muy pocos que desean ser sepultados. El precio de un pedazo de tierra para habitarlo una eternidad es indeciblemente alto.- le comentaba a la esposa de mi querido amigo sin ocultar mi sorpresa al saber que el señor había decidido ser sepultado en un cementerio a las afueras de la ciudad. Me miró con repugnancia y se alejo de mí. Nunca le caí bien. Además, siempre había pensado que ser cremado no solo era una cuestión práctica desde el punto de vista material, era también una forma de asegurarse que los huesos no albergaran alguna mítica conexión con el alma y correr el riesgo de vagar en esta tierra para siempre en forma de espectro.

La muerte no es instantánea. Es un proceso gradual, un caminar de la mano de Anubis durante horas, días, tal vez dos o tres, hasta llegar a la puerta del reino de Hades. La vida, tan poderosa, solo se va desvaneciendo poco a poco, se aferra a nosotros, se niega a irse. No es estar muerto en un momento y en otro no. Usando tecnicismos médicos el cuerpo es incapaz de mantener la homeostasis y se desencadena una catástrofe mortal. Se inicia un lento y agónico proceso de putrefacción y solo queda a los vivos, aprisionar los malos olores y cuidar las apariencias del mal morir.

Escuche a algunos criticar la mala vida del muerto que aún nos oye en la sala. Otros escupían veneno porque el muerto en vida, hizo lo que se le antojaba. Yo me preguntaba qué sentido tenía criticar las decisiones de una persona que ya no está. O si tanto les desagradaba para qué carajos estaban ahí. Decidí no armar un alboroto para no angustiar a mi querido amigo, que de por sí la pena que lo embargaba era amarga; su padre ya no estaba.

Pasaron algunas horas. Las 4 de la mañana y quedábamos pocos en el velatorio. Varias coronas de flores adornaban el féretro. Un sacerdote católico había rezado 20 ave marías en comunión con los presentes. Me volví a acercar al muerto y me imaginaba las células muriendo detrás de sus ojos, sin poderse refrescar con la sangre llena de oxígeno y nutrientes que ha dejado de bombear el corazón. El cabello y las uñas se rehusan a perecer, las veía crecer aún milimétricamente. Los músculos se endurecían lentamente y deformaban la postura del muerto, la piel se hacía seca y quebradiza y las bacterias, que antes eran mantenidas al margen, ahora gobernaban y se multiplican ferozmente.

A la hora acordada la carroza fúnebre nos llevo en caravana vehicular al cementerio para darle al muerto su morada final. La tumba estaba cavada y el muerto en el último adiós vestía un elegante traje negro. Cerraron la tumba y echaron tierra.

Lagrimas y sollozos se escucharon en el solitario cementerio.

Me quedé un rato más, solo, meditando sobre una conversación que tuve con un médico la semana anterior. Decía que el cuerpo humano tarda tres días en perecer, hacerse plenamente un saco de células en descomposición. Clínicamente se usa la irreversibilidad de la muerte para declarar a una persona muerta. Ahora con tanto avance médico, la muerte puede esquivarse de mil maneras, pero una vez que llega, nada pueda regresarnos.

Pero sólo habían pasado 2 días y aún se escuchaban susurros de angustia en el ataúd a 3 metros bajo tierra.

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9 comentarios sobre “No tiene sentido apresurarse hacia la muerte.

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  1. Hola mi estimado Mauricio:
    Me siento muy honrado por considerarme para dar mi muy modesta opinión sobre tu cuento.
    Lo he leído dos veces y te tengo que decir que tienes muchas frases muy bien logradas, interesantes y que te mueven a reflexionar sobre el tema de la muerte desde la perspectiva del cuento mismo.
    Me gusta el tema de la larga y silenciosa agonía y que dejes sobre la mesa la sospecha de un dejo de consciencia que perdura por días aún declarada la muerte clínica, una aterradora perspectiva sin duda.
    Desde mi punto de vista hace falta un poco de trabajo desarrollando por un lado las razones por las cuales el narrador tiene la necesidad de cerciorarse de que realmente esté muerto el difunto, el odio de la viuda hacia el narrador y quizá abreviar un poco la introducción.
    Este cuento tiene todo para ser un gran cuento. Felicidades.
    Y te reitero que me siento muy honrado de que me consideres para leer tu trabajo.
    Un abrazo

    Le gusta a 1 persona

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