Aquí todo se lava

– Buenos días señora. ¿Se le hizo tarde?- decidí no reprenderla más al ver su cara de angustia. Eran las nueve y media y ya se nos estaba juntando el trabajo en mi lavandería.

– Venía muy lento el metro- me contestó de mala manera, usual en ella.

-Trajo Agustín su ropa a lavar, pero comience por favor con la ropa de las margaritas, ellas siempre pasan a recogerla los sábados antes del medio día. Recuerde que Agustín se escribe con g.-

Seguí contando la ropa de Agustín. Desde que llevábamos un control en papel de la ropa de mis clientes había muy pocos errores. De vez en cuando un calcetín se escondía detrás de alguna lavadora o se quedaba envuelto en alguna sábana. Desde el comienzo usé guantes de plástico para manipular la ropa ya que una nunca sabía lo que se iba a encontrar en la ropa ajena. Había visto condones usados, dinero, cigarros, carteras, vaya hasta una servilleta con fórmulas matemáticas que parecían crear un nuevo elemento. Todo se lo guardábamos a nuestros clientes.

– Señora atienda al joven por favor.- Un muchacho que rondaba los treintas, bien vestido, traía una maleta de gimnasio. Seguramente con su ropa deportiva después de ejercitarse. A veces, el hedor del aroma húmedo de calcetas y ropa interior me provocaba arcadas. Era mejor que lo atendiera la señora, a ella parecía no importarle.

Ese sábado llegue temprano. Me gustaba abrir mi lavandería a las ocho treinta y barrer la acera mientras observaba a los vecinos que sacaban a pasear a sus perros en un día soleado como este. Como todos los días antes de cerrar dejaba todo separado y ordenado. Al empezar el día no perdíamos tiempo y ponía a bailar a las lavadoras inmediatamente.

-¡Hola Macario! ¡Hola Tomás!-fui atrás y saqué unas galletitas para perros mientras los border coli, padre e hijo, que paseaban enfrente de mi lavandería todos los días, me movían la cola ansiosamente esperando su premio. Salí, los abracé y les di una galleta a cada uno. Ambos se concentraron en sus premios.

-Siempre los saludas al ellos primero.- me dijo Omar, el paseador de perros con una sonrisa en la boca.

-¡Claro, ellos son lo más importante! Le contesté a Omar, mientras Tomás me lamía la mano buscando mas galletitas.

– ¿Cómo va todo?- me preguntó Omar, como todos los días.

-Va como debe de ir.-le contesté, como todos los días. Seguí acariciando a Tomás, que seguía rumeando una segunda galletita mientras Macario husmeaba la base de las secadoras.

-¿Y tu novio? El estirado ese…

-Ya quisieras. Él esta bien, trabajando. Vendrá a medio día para ir a comer juntos. Me has dejado pensando. ¿Por qué estirado?

-Porque no es como tú. Tú siempre estas libre de… no sé… prejuicios. Él siempre se ve angustiado. Como si alguien lo tuviera amarrado a un estereotipo. Tiene cara de celador y tu siempre tan libre, tan linda.

-Gracias Omar. No se puede salir con alguien que es igual que tú. Mi novio es un poco nervioso, aprehensivo. Yo soy mas relajada. Pero a mi se me olvidan las llaves, a él nunca. El olvida el nombre de los perros, pero nunca olvida llamarme. El siempre va mirando sobre su hombro. Yo prefiero creer en la gente. Es como el Ying-Yang. ¿Entiendes?

-Perfectamente. ¡Macario, Tomás! ¡Vámonos!

Me despedí con un abrazo de los coli. A Omar solo le agite la mano. Regresé a las lavadoras para seguir contando la ropa de Agustín. Me dieron arcadas por que la señora estaba separando la ropa del joven que había llegado minutos antes y mejor salí un momento a tomar aire.

Al final de la cuadra venia caminando un vagabundo. Arrastraba un poco la pierna derecha. Sus ropas, aunque no estaban rotas se encontraban acartonadas de lo sucio que venía. Costras de lodo en las rodillas y una mancha oscura, más oscura que el resto del pantalón, cerca de su entrepierna me hizo imaginar que se había orinado. Su camisa que en algún momento fue blanca, ahora lucía un color ocre, con marcas de sudor en las axilas. Su cabello andrajoso y despeinado hacían imaginar que era una estrella de rock de los ochenta. Sus zapatos, muy desgastados y sucios hacían ruido seco en cada paso. Flaco hasta los huesos parecía que había caminado hasta el fin del mundo.

Sin embargo, sonreía y yo no podía dejar de observarlo. Sonreía mientras se acercaba a la lavandería. Me crucé con su mirada y me observaba a lo lejos, me apené. Él, que si no fuera por lo asqueroso de su presencia podría jurar que tendría alrededor de cincuenta. Tomé aire y regresé a separar la ropa de color para poner otra lavadora.

Sentí una mirada. Mi sorpresa fue absoluta cuando vi al vagabundo esperando que lo atendiera.

-¿Cuánto cuesta el servicio de lavado?- Me preguntó el vagabundo, inundando la atmósfera de un olor a humanidad, combinado con orines y excremento. Contuve una arcada y me esforcé en esconder el asco que me provocaba el olor.

-60 pesos por 3 kilos.- Le contesté lo mas cordial que pude.- Abrimos de lunes a sábado de nueve a siete.- No vi que cargara ninguna bolsa o maleta con su ropa sucia.

-¿Tiene servicio exprés?- Me sorprendió su perfecta pronunciación de “exprés”. Su voz aunque un poco rasposa no correspondía a su atuendo.

-Si, con un costo extra de otros 60 pesos. Tarda una hora y media.- Me extrañe aún más por su pregunta de nuestro servicio exprés.

-Muy bien, ¿puede lavar mi ropa ahora? Pagaré el servicio exprés por su puesto.

-¡Claro!-Le contesté. Seguía yo impactada porque el vagabundo usaba un léxico que no correspondía con la realidad. La señora asombrada, estaba boquiabierta mirando al vagabundo preguntar por nuestros precios.

-¿Cuál es su nombre? Le hago su nota mientras trae su ropa.-Pensé que preguntándole su nombre acabaría la broma que imaginé nos estaba gastando el vagabundo a la señora y a mi.

-Mi nombre es Víctor.-Y enseguida se empezó a desnudar.- La ropa la traigo aquí mismo.

Quedé en shock, estupefacta, cuando escuché su respuesta mientras veía que se desabrochaba un cinturón negro muy desgastado. En tres movimientos saco el cinturón de las trabillas del pantalón y lo dejó en el suelo. Acto siguiente se desabrochó el pantalón, como si se liberara de una cadena de muchos años anclada a su cintura. Moronas de algún pan o alimento que fue consumido hace semanas cayeron al piso, haciendo un circulo de suciedad donde el vagabundo estaba parado. El pantalón cayó, aunque no se descubrieron totalmente su piernas por lo suciedad acumulada.

No sabía si llamar a la policía o cerrarle la boca a la señora que la tenia totalmente abierta, sin creer lo que estábamos viendo. El vagabundo se agacho y se descalzo ambos pies. Calcetines negros pero sin agujeros mojaron un poco la acera. Se quito un suéter que le quedaba grande y se desabotonó la camisa como si se liberara de una de fuerza. En menos de lo que pude recobrar el aliento estaba en calzones con su ropa en las manos.

Dudé unos segundos para abrir el enrejado y recibirle la ropa. Finalmente su extraña sonrisa y su seguridad me convencieron. Abrí el enrejado y le recibí la ropa. Anote en el recibo: Víctor, un pantalón, una camisa, un suéter y un par de calcetines negros. Servicio exprés. 120 pesos.

Una hora y medía después regreso Víctor con el cabello un poco mojado y oliendo a agua estancada, en calzones. Seguro se había ido a bañar a la fuente de la Plaza Luis Cabrera. Ya no olía mal y no se parecía en nada al vagabundo, solo la sonrisa permaneció. Le entregue su ropa y me pago los 120 pesos y me dio 10 pesos de propina. Se empezó a vestir con sus ropas, ahora limpias y secas. Una transformación total ante mis ojos.

-¡Que bueno que todo se ha arreglado! -le dije con una sonrisa.

-¡Qué bueno que tiene servicio exprés! Mi hijo me ha perdonado y lo veré en media hora en una cafetería. Hasta luego. -se alejo arrastrando su pierna derecha.

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3 comentarios sobre “Aquí todo se lava

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  1. Mau 👏👏👏👏es excelente !!! 😃esto no es un cuento 😃es la lavandería de verdad. Te quiero Me gusto mucho 👏👏👏pero me imagine al vagabundo y casi podía sentir el olor jaja😘

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