Una tarde lluviosa

Ese día parecía que iba a llover. Nubarrones oscurecían la rue Notre-Dame-des-Champs así que no salí del apartamento hasta medio día. Trabajé duro desde temprano. Había dedicado toda la mañana a terminar párrafos que durante semanas me provocaron dolor de cabeza. Aunque aquel día me sentía fresco. Mientras decidía si terminaba la vida de un personaje para siempre o le daba un par de escenas más vigilaba el reloj. Siempre que tenia una cita para cualquier cosa no dejaba de tener presente la hora a la que debía salir. Siempre. Cuando tenía alguna cita o entrevista a temprana hora del día siguiente me acostaba concentrado, pensando en la hora que debía levantarme. Calculaba el tiempo que me tomaría arreglarme y salir para llegar a tiempo. Ese día había acordado con Kate salir a comer juntos a ese restaurant que tanto me gustaba. Le Journal servía platillos muy sencillos, poco condimentados y un vino que costaba poco. A Kate no le molestaba pero intuía que le aburría cada vez mas.

Llegó la hora para salir, tome mi abrigo y el paraguas. Kate estaba afuera del apartamento. No era sorpresa, siempre había sido muy puntual.

-Hola K, veo que hemos coincidido en los colores de nuevo.-vestía un pantalón café y una blusa blanca asomaba debajo de su abrigo negro.

-Ja, podría pensar que me espías en las mañanas para usar los mismos colores que yo.-me devolvió una sonrisa de complicidad.-¿Te ha acomodado bien la señora Reinheart en esta casa de huéspedes? Te he dicho que puedes ocupar uno de los cuartos en la casa. No sería ninguna molestia.

-No quiero ser una carga. Además, me es muy cómodo trabajar aquí. Tengo un escritorio junto a la ventana y me ayuda a concentrarme mientras escribo. Siempre tengo abierta a ventana y escucho la viveza de Paris todos los días.

Caminamos en dirección al Le Journal. Estaba muy cerca, solo un par de cuadras y habíamos llegado. Nos recibieron enseguida y nos dieron la mesa del centro de la terraza. Kate siempre le gustaba sentarnos en la terraza para escuchar las conversaciones de los demás comensales.

-Cuéntame, ¿cómo va la novela?-le pregunte a tirabuzón.

-Bah, lento, lento. Estos días me ha sido imposible escribir. Tareas que siempre son una molestia me quitan el tiempo. La señora Beatriz no ha dejado de molestarme todos los días con sus cuadros y su nueva galería de arte. No se por qué piensa que tiene que consultarme todo.

-Eso es una razón válida para perder la paciencia. Podrías esconderte y no salir a recibirla. Alguna vez lo hice con un amigo que pasaba a buscarme siempre para contarme lo que le molestaba de su esposa. Un día decidí no salir y a los pocos minutos dejó de insistir. Podrías hacer lo mismo.

-Dudo que ella desista. Es muy persistente. En fin. ¡Garçon!-

Kate pidió un pescado a la talla y una copa de vino. Yo ordené una ensalada con pollo frito como muchas veces antes. Y también una copa de vino blanco.

-¿Nunca te cansas de comer lo mismo Will? Te convertirás en un conejo de tanta lechuga que comes.

-Si por mi fuera comería lo mismo todos los días. Vestiría lo mismo y haría lo mismo. Ahorra tiempo no tener que decidirlo. De cualquier forma en la tarde ya vuelvo a tener hambre. Cenaré un poco de pan y queso. Es lo único que tengo en la alacena. Jaja, siempre que hablas de conejos no puedo evitar recordar el cuento de los conejitos de Cortazar. Imagino toser un conejito y me dan ganas de reirme a carcajadas. Mira ahora no puedo dejar de sonreir.

-Si. Creo que te has obsesionado con ese maldito cuento. Por cierto, hemos de seguir trabajando en aquel cuento del que hemos hablado. Ese de las cartas. Donde parece que nadie más escribe cartas y es una rareza. ¿Te imaginas un día en el que nadie escriba cartas? Me entristece y a la vez me emociona. Las cartas tendrían un valor único. Recibir una carta tendría un valor irracionalmente alto.

-Cuando lo imaginamos pensé que ese día nunca llegará. Las personas seguirán escribiendo cartas por siempre. Es una forma muy eficiente de comunicar algo importante. No como telefonear a alguien, que es burdo y a la vez siempre termina uno diciendo algo que no quiere decir. En cambio, al escribir una carta se tiene tiempo de pensar cada palabra y realmente encontrar el significado que uno busca comunicar. Olvida mi romanticismo por un momento. ¿Crees que de verdad llegue ese día?

-El día que escribiremos ese cuento. Claro que llegará.

-No, K! Me refiero al día en que nadie escriba cartas. ¿Qué le pasaría a los que trabajan en los correos? ¿Cómo podrían comunicarse temas importantes las personas? Imagina una muerte de un ser querido y un testamento. O una visita a un amigo que vive lejos. Imagino que las personas estarían mas solas. Me suena a una ficción imposible.

-Es justo por eso que tenemos que explorar un cuento así. Es como imaginar que las personas volarían tan alto hasta llegar a la luna. Como Julio Verne. Después de viajar a la luna, dejarían de venir a Paris y todos querrían visitar la luna. Esos cambios afectan a todos.-me decía Kate mientras anotaba una frase en su pequeña libreta. Se quedo callada y tomaba un bocado de su pescado a la talla que acababan de servir.

Tome algunos bocados del pollo frito que remojaba en una salsa agridulce, especialidad de la casa. Me di cuenta que Kate estaba siguiendo la conversación de una pareja que estaba sentada en la mesa contigua.

-Has encontrado otra historia. -le dije con una sonrisa pícara.

-¡Sí! Parece que ella esta diciéndole que tendrá que hacer un largo viaje. Y él no sabe como contestar. Ahora le promete que no dejará de escribirle y la visitará seguido. Me dan ganas de interrumpirlos y decirles que deben de seguir juntos.

– Ya ves, la gente seguirá escribiendo cartas.

-Jajaja, tu siempre con tus historias que nacen de otras, y se conectan con las primeras. Un día me vas a volver loca con tu rara forma de pensar.

-Me conoces bien Kate. Por cierto, hablando de cartas. Pronto tendré que regresar a Nueva York.

-Lo sé. Y no quiero hablar de eso.

Me quedé callado, como en la conversación de la pareja vecina.

-¿Has terminado de leer Adiós a las Armas, de Hemingway?-me pregunto Kate rompiendo el silencio incomodo que había invadido nuestra mesa.

-Aún no, estoy por acabarlo. Aun así, me ha gustado mucho lo que escribe. Tienen mucho corazón sus relatos. Me han gustado también sus cuentos. Parece que siempre hay que adivinar lo que no dice en sus escritos. ¡Garçon! La cuenta por favor.

-Deja que pague yo. Tu apenas tienes para tu ticket de regreso.- Vi en sus ojos una sincera preocupación.

-Olvídalo, esta vez yo puedo cubrirlo.-deje un billete que cubría la cuenta y la propina.

Nos levantamos de la mesa y caminamos un rato. Nos dirigimos al parque. Unas cuantas gotas empezaron a caer sobre nosotros.

-Parece que se desahoga una tarde lluviosa de un perfecto día brumoso.-Me dijo mientras con la palma de su mano cachaba algunas gotas de lluvía.

-Eso parece. Te veré la siguiente semana. ¿Misma hora?

-Así es Will, misma hora, mismo restaurante. A menos que te aventures a probar algo diferente.- Y se fué sin esperar una respuesta.

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